Llegué silbando a la casa del gordo, como todos los días, porque no había mas nada que hacer, y sentarse en la calle a hablar de cualquier pendejada era mejor que quedarse en casa a asarse mirando al ventilador repetidamente a ver si es que estaba dañado o qué, que no echaba nada de aire.
El gordo se asomó y me dijo con la mano que ya bajaba. Siempre se demoraba un montón. Un día no lo esperé afuera sino adentro, y pude notar todo el ritual que hacía antes de salir: Bajaba, me saludaba y subía enseguida. Le gritaba a doña maría, su abuela -y casi la mía- que dónde estaba la camisa. Y las medias. Y que si le echó a lavar la pantaloneta verde. Bajaba emputado quejándose de que porqué hputas le echan a lavar esa vaina si estaba limpia. Me miraba y se reía. Se metía al baño y ahí duraba otro buen rato. Un día doña maría, con la ternura que siempre usa para expresarse, y aún más, de su nieto, me explicaba que era que el jorgito tenía buena digestión. Salía, se volvía a reír cuando notaba mi mirada de impaciencia, se sentaba en la escalera y se ponía los zapatos, o las chanclas si no era lejos.
Nos sentamos en el cemento a quejarnos del calor. Del colegio. De la novia que se emputó porque no la llamó. De pendejadas. Con el gordo nos pasaba una vaina muy curiosa: siempre, casi todas las veces sin querer, nos metíamos en problemas, a veces sin saberlo. Un día a un domiciliario en moto que llevaba un pedido de perros calientes se los robaron y los vecinos nos echaron la culpa. Cuando nos contaron, ibamos en un bus para la casa, lejos del lugar de los hechos toteados de la risa; O tirábamos piedras a la nada y de repente partíamos todos los vidrios del espejo del baño de una casa cuadras arriba. Eramos un imán de problemas, pero no podíamos pasar un día sin vernos la jeta. Nos criamos juntos, somos amigos desde que estábamos en la barriga. Es la persona con la que más tengo fotos a través de los años. Podríamos hacer un album sólo de fotos de los dos. Seguramente la mitad de las que guarda mi madre y la de él estamos. Y en casi todas cagados de la risa.
Ese día, de pura casualidad, no pasó ningún problema. El gordo después de su ritual por fin salió y nos sentamos a ver pasar la tarde, pasar la gente, pasar las vecinas. Sólo a ver pasar. Entre esas, la vecina de al frente que escasamente nos dirigía el saludo, puso música a todo volúmen. Mientras esperaba al gordo, vi que un tipo moreno, flaco, raro, entraba entre risaas socarronas a la casa de la vecina, que lo saludaba con un largo abrazo y un beso apasionado.
Pusieron The Doors. “Severa esa canción” le dije al gordo…”Qué es esa mierda?” -The Doors. Me miró con cara de meme de no saber de qué estan hablando, y terminamos a carcajadas. Sospechamos que la vecina estaba tirando con aquel moreno, y al terminar la canción, lo confirmamos al escuchar los gemidos, los gritos de la vecina y los del mueble queriéndose partir. Con el gordo sólo hacíamos comentarios del tipo:” oiga pero se están matando” “le están dando como a rata” etc…
La cosa se puso rara, cuando los vecinos, preocupados, salían a ver qué era ese escándalo, y al ver que estábamos sentados sin hacer nada, la cara de sorpresa nos volvía a hacer morir de la risa, y a la vez de tranquilidad. Y le gritábamos a los vecinos que se calmaran, que sólo le estaban dando amor a la vecina. Los vecinos, indignados, con Los Ramones de fondo, se volvían a meter en sus casas con cara amarga.
Llevaban más de tres horas en lo suyo, la música cambiaba de género y se mezclaban con los gemidos de la vecina. Los vidrios de las ventanas temblaban como si fueran a partirse y yo estaba feliz hablando mierda, haciendo nada y viendo los problemas llegar, ahora, como espectador. Entre tanda y tanda, nos dimos cuenta que la mamá de la vecina venía en la esquina, y emocionados, nos sentamos a esperar como todo se iba a poner mucho mejor.
La señora que, como la mayoría, no nos tenía en la mejor imagen, pensó que la música era de nosotros, y a lo lejos nos miraba como un culo. Ya de cerca, se dio cuenta que era en su propia casa, y nosotros con el cinismo de siempre, la saludamos eufóricamente. Aquella señora, histérica, empezó a abrir la puerta con la rapidez de un ladrón profesional. Al notar que estaba con cerrojo, empezó a golpear durísimo. ¡ABRAME PAOLA, PAOLA QUE ME ABRA! Le daba golpes a la puerta con ganas de tumbarla. Coincidencialmente, sonaba “God save the Queen” de los sex pistols, que opacaban los madrazos y la tocada de puerta iracunda de la señora. Al acabarse la canción, los vecinos volvían a asomarse a ver ahora qué había pasado, que cuál era ese escándalo, y lo primero que miraban era si aún estábamos sentados en el mismo lugar. Hasta doña maría se asomó por la ventana y nos hizo señas agitándo la mano de que la vecina estaba en problemas.
Se abrió la puerta y en un santiamén, la señora entraba, la música se apagaba, el muchacho salía y la vecina se enmudecía. Fueron otras 3 horas de gritos insesantes, incalmables, de la señora del tipo: “eso es lo que le he enseñado” “Usted por qué me hace esto” “Pero cuando su papá se entere…”
Después de aquel día, la vecina nos odió para siempre por no avisarle, sin saber que teníamos que hacerlo; la señora nos odiaba, pero con verguenza. Los vecinos nos odiaban otro poquito por las risas escandalosas y burlonas de nosotros, y yo odié el gordo por no saber nada de rock.
En estos días, en que se siente el tiempo pasar más rápido que de costumbre, que sólo hace falta ver a los adultos que crecieron con uno llenos de arrugas y canas, a los jugadores ídolos ya retirados o en el banquillo de DT, o de programas de fútbol, a los de la WWE que fueron leyendas para muchos y los creímos eternos, volviéndose lentos, viejos, sin pelo y acabados; los hijos de nuestros amigos creciendo rápidamente y llevándonos de altura por delante, los primos menores que parecen mayores, se hicieron responsables, mucho más que uno, y nunca nos dimos cuenta en qué momento…
Cuando la memoria ya se le queda corta a los recuerdos, cuando los amigos cada vez son menos, cuando las responsabilidades aumentan, las cargas, el silencio, la soledad, hasta la casa parece más grande que de costumbre.
Cuando tus artistas favoritos cada vez suenan menos, se hacen viejos, se llenan de arrugas; El gran Charly que cada tanto daba noticias de escándalos dignos del rockstar que fue, hoy sólo son de su delicada salud; cada par de meses pasaban por nuestros oídos canciones nuevas de discos de rock, de punk que hoy son obras de arte. Hoy en día hay que esperar años para que eso pase… Cuando te llenas de todo eso en la cabeza y vez que el tiempo no es el mismo y lleva la velocidad de un gran tobogán, cada disco nuevo de esos artistas favoritos de siempre es una palmada de alegría, de juventud, de alumbrar los ojos y darle play con una gran sonrisa, es recordar esos días de descargas largas en la plataforma que nos cambió la vida a muchos, Ares. Recuerdo que el último disco que descargué en aquella época, fue “Dos son multitud” de una gira que hicieron Fito&F. y Andrés. El problema era que además de música, también se descargaban videos, y resultó siendo el titulo de una película de un género del que mis padres no hubieran querido sorprenderme viendo. Las descargas de discos duraban horas, pero valía cada segundo de la espera.
Este año Fito Páez lanzó “la ciudad liberada” y hace tres días, Calamaro lanzó ”Cargar la suerte” y es una pastilla de juventud, de 10 años menos. Un postre que se debe comer tan despacio como aquellas descargas de Ares.
Gracias le doy a la vida
gracias le doy al señor
porque entre tanto rigor
y habiendo perdido tanto
no perdí mi amor al canto
ni mi voz como cantor.
¡Volvió el salmón carajo!
https://www.youtube.com/watch?v=MZA5siJdHeU

Cuando estábamos pequeños, los de mi edad, los del barrio, los de la cuadra, vivíamos con el día a día de prejuicios pendejos, como que si uno se tatuaba era un desadaptado o criminal, si uno fumaba era un vicioso, si era mechudo era marica, si se pintaba el pelo era marica, si tenía piercings o aretes era marica, si le gustaba la poesía era marica, y una lista larga que en lo personal, se los fui tumbando a las personas a mi alrededor. Pero en estos días, me encontré con un video de Poncho Zuleta, que en una de sus parrandas dice que los que comen salchipapas son maricas. Algo que podría causar gracia, de no ser por la seriedad y odio enérgico que usaba este personaje al hablar, típico del que cree tener la razón por encima de cualquiera. Algo muy de moda en estas épocas.
SALCHIPAPAS. Las pobres papas pastusas o amarillas siendo instrumentos y alimento de semejante aberración. Los puestos de comidas rápidas siendo máquinas del homosexualismo. Y a más de uno -incluyéndome-, siendo un remaricón a los ojos de Poncho. Y de esos pensamientos cavernícolas estamos llenos. De gente que no se toma la molestia de pensar, les da pereza analizar las tonterías que dicen. Estamos en un mundo lleno de maricas por maricadas, de homofóbicos desviados. De maricas orgullosos y felices, y de amargos Ponchos cavernícolas.
País de maricas de salchipapas.
Salí de la agencia tarde, luego de haberme tomado varias cervezas y unos cuantos guaros. Había llovido y las calles estaban llenas de charcos. Nos fuimos con Johan por la séptima, y me fui comiendo todos los charcos y me fui llenando de agua-lluvia y de alegría al pasar por ellos. Por cada charco que pasaba cantaba el pedazo de una canción que me gustaba. Y me iba con todo el poder que me daba la ley de ocupar como biciusuario un carril para mi mismo, sin pena ni gloria. Desde la 99 hasta la 32 comiéndome todos los charcos, huecos y en la mitad del carril, gritando alegorías y frases felices, riendo y empapándome de agua lluvia, tambaleando por la borrachera. Siendo feliz con tan poco. Sucio. Triste. Cantante. Saltante. Llegué a casa y me quité la ropa mojada, prendí el compu y seguí cantando. Seguí gritando. Seguí alardeando de mi alegría hasta donde se pudo.
Al rato estaba triste de nuevo.
Y bueno, uno nunca sabe en qué va a deparar el irse de casa. Es una rifa que se apuesta sin saber en donde va a deparar. Mi apuesta va perdiendo. Va perdida. Pero se trataba de apostar todo sin mirar quién iba ganando, ni quién iba a ganar. Vicente está feliz. Yo no tanto. En algún momento entenderé todo. En su momento él también.
Para matricularse en el tecnológico teníamos que hacer una fila que daba a la UIS. Después de los exámenes por fin daban la noticia por medio de listas que colgaban en la entrada con los nombres de todos los elegidos. La noticia la celebraban más mis padres que ni yo. Y claro, yo no sabía nada. No sabía de lo que significaba. De su historia. De su grandeza. Sólo me sentía bien porque clasificaba en medio de otra millonada de personas que intentaban estar ahí.
En el tecnológico supe qué era tener amigos sólo para hacer travesuras. Y me encontré con un grupo de personas que compartían la misma idea. Sólo queríamos divertirnos. Pasamos por una infinidad de bromas y castigos que por suerte nunca pasaba de una firmada de observador. Conocimos a los hermanos lasallistas, entonábamos el himno que seguramente hoy todos recuerdan y lo cantaría con el mismo orgullo que siempre. El vivir y vencer es una frase que aún hoy en día nos infla el pecho. El lema lasallista “Indivisa Manent” la amistad cobraba otro valor. Conocí las lunadas con historias de terror y sustos en medio de la nada, los campamentos, hasta Bogotá en una de esas salidas a conocer los pares de todo el mundo. Aprendí a respetar y hacer respetar eso que tanto querías a muerte. Se vivía un barrismo entre colegios que sólo entenderían los de mi época y que se mostraba en todo su esplendor en cada intercolegiado. Nos vetaron muchas veces, pero cada que volvíamos, lo hacíamos con mas fuerza. Recuerdo aquella vez que, en décimo, después de habernos suspendido varios años, volvíamos a la barra a alentar al ITS; Nos ubicaron en la misma donde se ubica la FLS, la parte sur, y nos armamos de banderas, de trapos, de papelitos que picamos todos horas antes y de instrumentos. A mi me soltaron el redoblante y fue de esos momentos en que fui plenamente feliz y era consciente de ello. Luego me soltaron el bombo, y caí en cuenta que no llevaba guantes de protección ni nada, cometí el error en medio de la euforia, de reemplazar los guantes por cinta de enmascarar y al final de la jornada, sin darme cuenta, terminé con las manos llenas de sangre y envueltas de un adhesivo que no sabía cómo me quitaría. A la salida nos despedían con lluvias de botellas y piedras, como pude me protegí con el bombo encima y corri con el resto de los instrumentos a guardarlos y asegurarlos en el colegio. Al salir, muchos se peleaban por no dejarse quitar la camiseta de los del Inem o el Salesiano. Recuerdo a Merchán peleando con dos al tiempo, y a Carrero en las mismas.
Cuando nos matriculamos, éramos solo hombres, pero al irse los hermanos, en medio de marchas y revueltas, el colegio se volvía mixto, y con la llegada de las mujeres conocí el amor. Esos amores inocentes y locos de adolescente. Tuve una novia que sólo veía en los recreos y a la salida, y una que otra vez en su casa porque sus papás me odiaban. Conocí los talleres, el autocad, el dibujo técnico, me encantaba dibujar a pesar de que el profesor siempre me bajaba por los manchones de lápiz, por ese motivo me especialicé con los vagos en la menos peor: metalmecánica. Le seguía mecánica automotriz.
Aprendí a pelear, a defenderme sólo, a hacer negocios, a no dar papaya. El colegio me enseñó muchas cosas a nivel de conocimiento y de escolaridad a pesar de que sólo pasé dos indicadores de física, pero sobretodo, me enseñó a vivir. Y aún más, a sobrevivir. A desconfiar. A conocer muy bien quienes eran amigos. En quienes se podía confiar. A pedir linche y no sentir pena: Recuerdo que siempre descompletaba lo del bus y terminaba pidiendo a los amigos y me iba a la casa con 500 pesos tranquilamente. A responder por mis actos. A respetar. A las malas aprendí a dejar de hacer tantas pendejadas y evitar caer en faltas que me fueran a perjudicar. En resumen, el colegio fue una escuela para la vida. Con toda seguridad, puedo decir que de no haber sido por aquella fila larga que hicimos con mi madre aquel día, no sería ni la mitad de persona que soy hoy. No fuimos los mejores estudiantes y muchos se fueron quedando y quedando por las malas calificaciones, pero seguramente todos aprendimos a ser más despiertos, más avispados, más capaces de lograr lo que nos propongamos, mas útiles para la vida, más personas.
En nombre de todos los que pasamos por esas aulas de pupitres viejos llenos de notas con corrector y chicles pegados debajo, los que pasamos por esa cancha polvorienta, por esa excelsa biblioteca; los que nos volamos de clase, los que rayamos las paredes, los que fundimos bombillos, los que perdieron el año, los que sacaron los mejores puntajes en el icfes, los que izaron bandera, los que sembraron árboles, los que fueron en jean day, los que se enamoraron, los que salían a las marchas de la UIS, los que marcharon e hicieron huelga al marcharse los Hermanos, los que representaron al colegio en los diferentes deportes, los que vimos clase con cada profesor y pasamos a firmar observador o recibir consejos de cada coordinador, cada alcalde y personero, en nombre de todos los que hemos pisado el gloriosa institución, les digo mil gracias Instituto Técnico Superior Dámaso Zapata por regalarnos los mejores días de nuestras vidas y deseárles 100 años más.
Con todo el cariño.
Andrés Ramírez Bicho - Egresado prom 2018
Si estuviera, necesitaría un plan de 30 minutos para llamarla a preguntar cada cosa que me pide comprar a la tienda y que inevitablemente olvidaría. La vida fuera más sencilla si sólo tuviéramos que ir de tienda en tienda encontrando lo del mercado. Resolviendo en cada ida lo del comer. Mecatearme los vueltos en cositas. Cuando era niño peleaba por turnarme los mandados. Esas épocas cuando se era feliz con muy poco, y ni idea tenía uno de eso. Cuando iba por panela o pastillas de chocolate siempre les pegaba un mordisco. Un día fui por una caja de cigarrillos para papá y para no perder la costumbre, me fumé uno con Ortega y reíamos en medio de unas fuertes tocidas. Nunca lo volví a hacer. Probar el cigarrillo es una maldición que advierte pero seduce. Igual que todas las drogas. Todas sin sentido. Como la vida.
Para evitar que le pisáramos el prado, Doña Uvilda en medio de la noche instaló un cerco de alambres de púas, que al día siguiente conocía clavándomelo en el pecho con la misma fuerza con la que corría por la gaseosa para la comida. Ese día comprobé que el café es efectivo con -c a s i t o d a s- las heridas. Y que Doña Uva congeniaba más con su pisoteado pasto que con sus vecinos. No había razón para culparla tampoco. Al poco tiempo se mudaría.
En diciembre se recogía dinero casa por casa para decorar la cuadra con cal y pequeñas luces en los árboles. Siempre sobraba y comprábamos cerveza y jugos para los más pequeños. Cositas. Los vecinos que no ponían siempre nos miraban con envidia. Los que no ayudaban eran los que más orgullosos se sentían al ver el resultado. “Los pelaos de la cuadra nos ayudaron” decían. Las luces seguían puestas hasta el año siguiente. Con cada diciembre la gente igual las probaba con la ilusión de que sirvieran. Como el enamorado que con cada intento de recuperar su amor perdido se engaña pensando que lo está logrando. En el fondo sabían que las luces desde febrero ya estaban quemadas. Las pocas que quedaban le servirían a la siguiente instalación. La felicidad eran esas instalaciones que sí guardaban y que al probarlas bombillo por bombillo, sobrevivían a pesar de todo. La vida sigue siendo esa melodía ya gastada, casi acabada, derretida y lenta que las acompañaba.
Luego de ir al pasado rock al parque, me encontré en facebook con una particular nota que una emisora de música popular hacía en dicho evento. En ella, el presentador les preguntaba a los mechudos que si creían que la música popular y el rock se parecían en algo (o algo asi). Al responder una obvia respuesta negativa, les comprobaban dandole play a exponentes de las rancheras y el reggaeton cantando rock; Entre ellos estaba J. Balvin tocando “smells like teen spirit” de Nirvana, y otro que me causó interés: Juan Gabriel covereando a la legendaria banda Creedence Clearwater Revival. Al final terminaban todos cantando rancheras.
Pero quedé con la duda y me di a la tarea de buscar y entender un poco: Se trata de “Quiero Creedence” un disco latino tributo a CCR, donde, además de la gran versión de “Have You Ever Seen The Rain?” de Juan Gabriel, se encontraban grandes nombres como Andrés Calamaro, Juanes junto a Salvador Santana (hijo del gran Carlos), Diamante Eléctrico, Enrique Bunbury, Marisoul junto a Billy Gibbons de ZZ Top, Ozomatli (no la conocía y resultó tremenda), el poderoso y siempre querido Tri y los eternos Enanitos Verdes. Escuché atentamente todo el disco y llegué a estas conclusiones:
La versión de Santana Jr. con Juanes es muy triste. Le dieron un giro popero y medio pendejo a “Molina”. La versión del Tri de “Proud Mary” es genial; la mexicanizó y además tocó un tema fuerte y social como es cruzar la frontera. Y una que me dejó (muuuuy) sorprendido fue la de Enanitos Verdes. Personalmente fue mi favorita. Puro rocknroll, en los comentarios de youtube (mi gran hobby) decían que con los años la voz de Mariano cada vez se ponía mejor, y este cover es la prueba. La verdad no esperaba nada y me cerraron la boca de la felicidad. Que graaaaan versión. Acá se las dejo. Pillense el disco completo y me cuentan. ¡Aguante Creeedence Clearwater Revival!
https://www.youtube.com/watch?v=wrKP0gUMzVc&index=12&list=PLyuYIheWKuxkCzd4TKEj2Sfb4I8lDlz2_
#QuieroCreedence #Musikí
A veces, uno encuentra música que sin quererlo, lo hacen a uno parar un momento todo lo que se está haciendo y prestarle atención. Eso me pasó con esta, pero no podía ponerle mucha atención, porque me daban muchas ganas de llorar. No es que eso sea malo, sólo que estaba en un lugar que no era el indicado para hacerlo, y me iban a preguntar y a entrar en conversaciones que no quería tener. El caso es que es una canción hermosa que escribió Victor Heredia, un músico argentino con un pasado en el partido comunista de su país, del cuál se desvinculó por la supuesta cercanía con la dictadura, la misma que lo censuraría por varios años. Ese mismo pasado le valdría para padecer el secuestro de su hermana y esposo, quienes también pertenecían al partido comunista. La canción se lanzó en 1984, y desde ahí ha sido interpretada por varias voces importantes como Mercedes Sosa, León Gieco y La Beriso.
Pero al escuchar la versión de Illapu, un grupo reconocido de música folclórica andina de Chile, todo cobra otro sentido. Los instrumentos y la tremenda voz forman algo hermoso. En la pasada versión del Festival Viña del Mar, mientras la cantaban, las cámaras enfocaban al público, y a más de uno le bajaban las lágrimas, mientras la cantaban a gritos entre rabia y tristeza…. Y es que es difícil no emocionarse y no llorar; no pensar en la situación en la que viven muchas personas, en cómo se sobrevive a pesar de tantos problemas, en la situación que se vive en este país, en toda la tristeza que conllevan las desiciones de los gobiernos, en las guerras, las muertes inocentes, las bombas. Y también es un grito para seguir luchando, para sacar la tristeza y despertarse, para llenar de energía el corazón. Es un montón de cosas que se pasan por la cabeza. Una enorme versión que emociona el alma.
Sobreviviendo - Illapu
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#Illapu #Sobreviviendo #Musikí
Cuando escuché esta canción de Tulsa por primera vez, quedé encantado con la dulzura y la tranquilidad que desprendía su voz, pero también el video. Que era sencillo pero bien hecho. Tres amigos viajando y jugueteando en una vans volkswagen clásica; cómplices, divertido, encantador. Aquella vez leí un poco y supe que era un intercambio entre el director de la película y la banda. Esa primera vez que supe de la canción, me gustó, y ya. Nada mas. Lamenté haberle perdido el rastro, pero después de mucho tiempo, la volví a encontrar y aproveché para empaparme de Tulsa, y esta vez, también de la película. El intercambio se trataba de que la banda se encargaba de todos los temas que ambientarían “Los exiliados románticos” de su amigo Jonás Trueba, y él se encargaba del videoclip de “Oda al amor efímero”. Y como la mayoría de las veces, estas uniones de director-músico terminan siendo perfectas, esta no sería la excepción. Ejemplos como Yann Tiersen y Jean-Pierre Jeunet con “Amelie”, y para no ir muy lejos, Ivan Gaona y Velandia con “Pariente” dejan claro que hacen de sus obras algo muy poderoso, exquisito en detalles que logran darle un gigante toque especial a sus películas.
Y al ver “Los exiliados románticos” comprueba lo mencionado anteriormente. Encantadora en todos los sentidos; Sin pretensiones, sincera, honesta, grabada sobre el camino-como el videoclip-, con amigos y nombres reales, llena de amores efímeros -como titula la canción- e inocentes. Que todo esto empapado con la voz de Miren Iza, hace de la película algo sencillo y maravilloso.
Al escucharla, dan ganas de abrazar, de querer por encima de las tonterías…
“No me importa si eres listo o idiota, te voy a querer igual”.
De tirarse sobre el pasto, cerrar los ojos y sonreír. Oda al amor efímero-Tulsa.